TEORÍA DEL PIVOTE Y SU IMPORTANCIA EN LA ACTUALIDAD:

“Quien gobierne en Europa del Este dominará el Heartland; quien gobierne el Heartland dominará la Isla-Mundial; quien gobierne la Isla-Mundial controlará el mundo". 

Con esta frase, el geopolítico britanico Halford Mackinder, expresa, a principios del siglo XX, la secuencia en que un Estado puede acceder al dominio del mundo mediante el control de una región específica, la cual denomina “Heartland”. Actualmente nadie ha conseguido cumplir esa “profecía geopolítica'', aunque sí es cierto que en varios momentos de la Historia ha estado cerca de cumplirse.

Según la teoría, conocida como Teoría del Heartland, se establece que históricamente quien controle el Heartland, una región del mundo situada en Eurasia (más precisamente en la zona central de Rusia y Siberia), tenía bastantes probabilidades de controlar tanto el resto de Asia como el resto de Europa y obtener así una posición privilegiada de cara al dominio mundial. 

Mackinder introducía la idea de que, históricamente, el poder se había expandido por un medio geográfico determinado. Hasta la Edad Moderna (siglo XV), la expansión se había dado a través del medio terrestre, gracias al caballo y los ejércitos montados.

A partir del siglo XV, con el desarrollo de la navegación ultramarina y la llegada a América de los europeos, el medio de expansión más rápido y eficaz deja de ser la tierra y pasa a ser el mar, por lo que la ventaja del heartland respecto a la capacidad de expansión se pierde. Ahora son los países europeos, con amplio acceso al mar, los que se expanden (España, Inglaterra, Francia y Países Bajos). Es más, con la movilidad naval ganan en penetración terrestre, por lo que el efecto del corazón continental se ve aún más reducido. 

También las estructuras políticas, económicas y militares han cambiado. En la zona de Asia central siguen existiendo tribus o pueblos desunidos y que no se han desarrollado tecnológicamente, mientras que los pueblos europeos han desarrollado armas de fuego, formas de gobierno eficientes, infraestructuras de calidad, poblaciones numerosas y medianamente densas, etc.

Hasta aquí parecía que la teoría de Mackinder se diluía, pero entonces llegó un avance que la devolvió a la vida: el ferrocarril, equilibrando la carrera entre la tierra y el mar. Este medio de transporte acortaba el tiempo de desplazamiento de ejércitos y productos, y aumentaba la capacidad de transporte entre un punto y otro, especialmente en sitios alejados del mar.

El medio terrestre gana terreno y la teoría resucita. De manera más amplia, ahora debía haber una potencia terrestre y una marítima, que básicamente pugnarían por el control del Heartland. Quien controlase el corazón continental controlaría el “cinturón interior”, zona que comprendía el resto de la Europa y Asia continental, y quien controlase ese cinturón interior probablemente acabase controlando el “cinturón exterior”, que venía a ser el resto del mundo.

 

La lucha por el Heartland

Para entender este modelo también debemos verlo desde la óptica de la época en la que Mackinder lo propuso. En 1904 Gran Bretaña era la potencia indiscutible; su imperio colonial era el más extenso del mundo y su poder naval resultaba abrumador. En cambio, como potencia terrestre, había ciertas dudas. ¿Lo era el Imperio ruso, ocupante efectivo del heartland, pero industrial y militarmente atrasadisimo? ¿Sería Alemania, potencia terrestre en alza que miraba con cierto apetito al este de Europa?

A finales del siglo XIX casi estalla una guerra entre británicos y rusos en Afganistán e India por el control de Asia central (región geoestratégica clave). La cuestión de entonces no era quién iba a controlar el corazón continental, puesto que se sabía ya sobradamente que en su mayoría esta zona estaba bajo el dominio del Imperio ruso, sino si este sería capaz de desarrollar el potencial suficiente para cumplir la profecía geográfica.

La Primera Guerra Mundial evidenció que Rusia no era ni iba a ser ese candidato a dominador mundial. Su ejército, pésimamente armado, apenas hizo nada en la guerra al no haber una capacidad industrial detrás que respalde ese esfuerzo. Llegó la Revolución de Octubre, Rusia cambió su nombre por el de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y el puesto de potencia terrestre se quedó otra vez sin candidato al estar también Alemania puesta contra la lona tras el Tratado de Versalles.

El siguiente momento en el que saltaron las alarmas fue durante la Segunda Guerra Mundial. Gran Bretaña mantenía el estatus de potencia marítima, estaba por perderlo a manos de Estados Unidos, mientras que la alianza germano-soviética hacía temer que se consumara la gestación definitiva de una potencia terrestre. La ruptura de esa alianza con la guerra entre ambos hizo que el remedio fuese peor que la enfermedad: si Alemania, que dominaba de manera efectiva casi toda Europa Occidental, dominaba también la enorme extensión que suponía la URSS, Heartland incluido, el mundo acabaría siendo alemán. 

Desde Estados Unidos sabían perfectamente que, si la URSS y Gran Bretaña caían, ellos acabarían haciendo lo mismo en un tiempo. Finalmente, la máquina de guerra alemana acabó ahogándose en Rusia y hubo de retroceder todo lo andado hasta Berlín.

 

Dos potencias enfrentadas por el control mundial:

El medio siglo posterior estaría marcado por la Guerra Fría entre Estados Unidos y la URSS. Ahora sí había verdaderamente una potencia marítima con una capacidad de despliegue mundial (EE. UU.) y una potencia terrestre, de enorme extensión, con muchos recursos, una industria potente y un ejército numeroso y bien armado que además controlaba el Heartland (URSS). El modelo de Mackinder de esa lucha de gigantes empezaba a cuadrar.

El inconveniente que había ahora era la amenaza nuclear, que implicaba la destrucción mutua si la situación se les iba de las manos, así que todo acabó derivando en la llamada doctrina de la contención, que trataba de impedir cualquier expansión, tanto territorial como de influencia, por parte de las dos superpotencias.

La Guerra Fría acabó en 1991 con la desaparición de la URSS y, con ella, la idea de que una superpotencia surgiese del Heartland. Su heredera más directa, Rusia, estaba inmersa en una profunda crisis

 

China, candidata a potencia terrestre

Cuando Mackinder elaboró su teoría en los primeros años del siglo XX, es poco probable que pensase en China como un candidato aceptable para dominar el Heartland. Mackinder sentía cierta fascinación por el Imperio ruso, que en aquellos años llevó a cabo reformas políticas y económicas en su interior para impulsar la industria en un país fundamentalmente agrario. Quizás no pensó en China porque el ahora gigante asiático era entonces una “granja” de las potencias europeas y su emperador poco tenía que decir: gobernaba el centro y norte de lo que hoy es China; el resto, factorías europeas, influencia europea y todo dominado por europeos.

Como es lógico, los chinos acabaron rebelándose y los europeos optaron por salir de allí, no sin antes provocar que China acabase en un mosaico de varios Estados en un régimen casi feudal. Hasta la victoria de Mao Zedong en 1949, no podemos decir que China fuera un país totalmente unificado y controlado efectivamente por un poder central. Siguiendo fielmente la delimitación original del Heartland de Mackinder, las regiones del Noroeste de China entran dentro del corazón continental.

A finales de la década de 1990 y sobre todo en los primeros años del siglo XXI, China ha conocido un desarrollo económico sin precedentes. El tercer país más extenso del planeta y el más poblado, unas tasas de crecimiento vertiginosas que se creían imposibles de mantener a medio plazo en un país tan grande, un comercio exportador que poco a poco va copando el mercado, un presupuesto en defensa que no deja de aumentar, una política exterior ambiciosa, un poder económico apabullante al no tener apenas deuda pública ni una moneda que fluctúe. 

En definitiva, se constata que en la última década no ha habido tal crecimiento de poder en ningún país o región del mundo. Se empieza a hablar de que China podría ocupar muy pronto, si no lo ha hecho ya, el trono de potencia terrestre.

La Nueva Ruta de la Seda China

La One Belt, One Road Initiative o BRI (Belt and Road Initiative), conocida en castellano como Nueva  Ruta de la Seda, es un gran proyecto internacional lanzado por el presidente chino Xi Jiping en 2013. Esta iniciativa consiste en el establecimiento de dos rutas combinadas, una de infraestructuras terrestres y otra marítima, que mejorarían las conexiones chinas tanto en el continente asiático como hacia el exterior, dando a China más influencia económica y política a nivel mundial.

Este megaproyecto, que consiste en la realización de grandes obras de infraestructura que van desde ferrocarriles de alta velocidad, extensas carreteras, puentes, túneles, puertos, aeropuertos, redes eléctricas y de transmisión de datos, plantas de energía y hasta el rediseño y mejoras en centros urbanos, involucra al menos a 70 países y podría incorporar incluso a otras regiones

Los grandes desembolsos en infraestructura también se complementan con un fondo especial creado para dichos fines – el Fondo de la Ruta de la Seda-, e incluso se vinculan con la creación de nuevas entidades crediticias impulsadas por China, como el New Development Bank (NDB), o “banco de los BRICS”. 

Un plan estratégico de ramificaciones geopolíticas y económicas, criticado por algunos como un instrumento para dominar el mundo y alabado por otros como un plan Marshall del siglo XXI que ayudará a desarrollar regiones olvidadas. El interés geográfico principal sigue siendo Asia. Pero “de acuerdo con las comunicaciones oficiales chinas, todos los países y continentes pueden incluirse, desde el Ártico a América Latina.

Para el desarrollo de la ruta marítima, el Gobierno chino está llevando a cabo grandes inversiones en el Sudeste Asiático, el Océano Índico, el Este de África y algunos puntos de Europa. Las rutas terrestres conectan China con puertos de esas regiones, así como con otros países asiáticos y Europa a través de Asia Central.

Con todo, la Nueva Ruta de la Seda no es solo un proyecto comercial, sino que se extiende a otros ámbitos de la política exterior. Un ejemplo de ello es la base militar que China ha establecido en Yibuti, en el cuerno de África, para controlar el estrecho de Bab al Mandeb, de gran importancia estratégica en la ruta marítima. La dimensión financiera también juega un papel fundamental, ya que las enormes inversiones de Pekín han generado una considerable deuda con China en muchos de los países participantes. Por último, el proyecto jugará un papel importante en la exportación de la cultura china a través de la cooperación cultural con otros países.

En conclusión, aunque originalmente la Nueva Ruta de la Seda estuviese orientada a ganar influencia en Asia, el proyecto ha acabado adoptado una dimensión mucho mayor que está permitiendo a China reforzar su presencia en todo el mundo.

Fecha: 25/5/2022 | Creado por: Lucio
Categoria: Segundo Trimestre
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